8 de febrero de 2014

Mil Mentes.


Alzaba la vista borrosa con la boca abierta, cansado, aspirando pesadamente el aire lleno de polvo. No veía nada con detalle, solo manchas negras y grises. La sangre no hacía ruido al caer gota a gota en el suelo... Dolía...

El descubrimiento de un nuevo mundo recorrió cada rincón de las islas. Erudito apareció desde su biblioteca, Razón descendió desde Isla Polar agarrado a Susurro, con su gancho. Algo tan impresionante no pude ocultarlo ni un segundo. La emoción fue máxima. Me pidieron descripciones detalladas, y yo deshice cada fibra del paisaje y la narré por separado. Me pidieron que contara lo que hice, y yo les engañé cauteloso. Un mundo nuevo, ellos sabían, cargado de promesas y triunfos. Un nivel más profundo, complejo, maduro y por lo tanto mejor, pero nada de Sever. Sever huyó tras su derrota, y seguía con nosotros, seguía molestando en las colinas... pero no tendría por qué hacerlo en este... ellos sabían.

Trabajamos duro el siguiente mes, pensando, de manera más creativa cada vez. Un partido o religión no definía la personalidad o fuerza de una persona, ni siquiera su inteligencia. Era la complejidad y la madurez la que formaba personalidades maduras, y fuertes. Eso pensaba yo, y me reafirmé cuando Oscuridad me dio la razón. Era una chica mágica, tenía algo enganchante que me hacía querer estar junto a ella. Nada lujurioso o carnal, una relación de buenos amigos. ¿O no? No sabía, nunca supe, de hecho.

La selectividad se aprobó al tiempo que con cada reflexión de manera automática los límites de visión del mundo se ensanchaban, y las mentes pudieron comenzar a pasar y experimentar aquella hierba y brisa marina por ellas mismas. No hubo plaza en psicología, como sospechaba, y ello me hundió. Sopesé entrar en la universidad a distancia al tiempo que unos cimientos muy grandes fueron transformando una parcela de mi mundo. Decidí colocar, en mi lista de opciones, Filosofía por encima de Antropología en un gesto de inconsciente. Leí un libro de Freud, y ese tema comenzó a intrigarme. Y como un acto de providencia, fui aceptado en Filosofía en lugar de Antropología, donde también me daba la nota.
Aún no sabía nada del inconsciente...

-Yo creo -le comentaba a Razón mientras paseábamos junto a la construcción en curso de un edificio que aún no conocía -, que la manera en la que los sueños funcionan explica mucho sobre el cerebro y el inconsciente. Somos completamente incapaces de crear algo nuevo. Nos imaginamos a las sirenas porque hemos visto peces y mujeres. La gente cree que todo está en nuestra cabeza, pero es mentira. Ni siquiera nacemos con personalidad, solo con disposición. Y si construimos nuestra personalidad, podríamos cambiarla, ¿no crees?
-¿Y qué pretendes cambiando tu personalidad? -Razón bufó, pragmático.
-Sabes que no nos ha ido precisamente bien en el pasado.
-Ya... preferiría no recordar -miró para otro lado, incómodo.
-Eso es porque hay fallos en nuestro conocimiento social, traumas y represiones que hay que solucionar. Y a propósito de las represiones, tengo una teoría sobre el autoconocimiento.
-Dila, Mentes.
-Si se nos da a elegir qué queremos hacer y elegimos algo que en nuestro interior no nos gusta, si observamos muy detalladamente podremos sentir una leve incomodidad. Pienso que se acumulan, y que podríamos tirar de ahí para conocernos mucho más y solucionar más problemas.

Humilde apareció de pronto a nuestra izquierda, caminando hacia nosotros.

-Ten cuidado con conocerte demasiado, Mentes... la ilusión de certeza es muy peligrosa. Te convierte en alguien prepotente.

Los primeros días como universitario fueron acompañados por el levantamiento de los muros claros del edificio. Poco a poco, un color crema grisáceo fue tiñendo nuestra atención, construyéndose poco a poco, tomando forma. No pasaron ni dos semanas cuando el edificio principal fue construido. Orgullosos y alegres lo inauguramos, con el mar frente a nosotros ligeramente hacia la derecha, y las montañas en el lado contrario. Más allá, la infinidad y el cielo, azul, que acababa en el horizonte recto de la hierba y el oleaje marino.
Mis teorías crecieron, se acomplejaron. Siempre intenté incluir todas mis facetas como una sola imagen que me representara, pero no la encontraba. Por ello, me conformé dividiéndolas en sectores. "¿Y si no eran sectores?", pensaba. "¿Y si eran... facetas?" Facetas de mi mente. Sí, tenía sentido, porque la personalidad la cogemos de fuera y todo es aprendido. Y si todo es aprendido, podíamos aprender una personalidad más refinada, con menos errores, que descubrirían los hermanos y Stille y Sururro matarían, pero no solo eso: la podía hacer más compleja y madura. La podía hacer más, simplemente. Si quería ser sabio, si debía ser sabio, tenía que comprender muchas cosas. Y como bien indica el verbo, comprender significaba abarcar. Mi personalidad podía construirse, en ella podía suprimir elementos o añadirlos...
Pues a añadir.

Con una orden puse a Social y a Susurro a trabajar. El plan era ambicioso, y estábamos todos entusiasmados. La misión era recopilar y comprender información. Todo estaba construido, toda manía o filia tenía su porqué, y hallándolo, podríamos incorporar la filia y destapar la manía. A más conocimiento, más sabio, a más conocimiento, más... profundo...
Leía, intentaba comprender, creía que lo conseguía. Y en cierta manera, lo conseguía. Quería ser buen filósofo y psicólogo, y las luchas, en especial la de Religión, me habían enseñado a que sufriendo y derrotando un problema se aprende a combatirlo, pues la empatía no existía como tal, solo si sabemos lo que el otro siente. Y a modo de inyección, me insuflé en mi espíritu los venenos de la gente, y también sus puntos fuertes, accediendo como un hacker de la psicología a su código de programación, recortando lo que me interesaba y pegándolo en mi carne con pegamento de barra, esperando a la reacción.
No solo ello: también podían formar parte de mi personalidad todos los conocimientos de todos los ideales que tuviese. Si los abarcaba, podría desmontarlos, y crear uno mejor... y un guiso de experimentación tan caótico solo podía acabar de una manera.

Me desperté un día sin que lo notase, pero algo hizo clac en mi cabeza. Entré en el segundo nivel de mi mundo directamente, en el que ya apenas me costaba esfuerzo permanecer, y noté algo ligeramente extraño.
Había unas cuantas decenas de caras que no conocía.

-Hola, Mil Mentes. Encantado de que visites mi mundo.

¿Quién se creía? ¿Y eso de Mil Mentes?

-Te destruiré, Mil Mentes. Algún día lo haré, sí sí.
-El mundo es un pozo oscuro y tenebroso, y yo soy el rey de los cuervos...
-¡Bienvenido a nuestra resistencia, camarada!

Fue un caos. De la noche a la mañana, algo debió ocurrir en mi mundo para que cientos de humanoides rebosaran un edificio, ya grande, y sus alrededores. Tres plantas de palacio, teniendo las dos superiores forma de herradura para poder ver desde ellas los jardines en la planta inferior, y la sensación de agobio era constante. Allí estaban todas las mentes, quietas en su posición, hablando entre ellas, hablando conmigo cuando pasaba cerca. Quería ver a Razón y a Luchadora inmediatamente, y aparecieron junto a mí, en la barandilla de la primera planta contemplando las palmeras que ascendían casi hasta el techo de la segunda.

-¿Qué demonios acaba de pasar aquí? ¿Y qué es eso de Mil Mentes?
-Son mentes nuevas, y se han formado debido a tu profundidad -por su cara, Luchadora no estaba de acuerdo con su compañero -. Ya no comandas una veintena, sino centenares de mentes diferentes a tu servicio, y eso se merece un nuevo nombre. Has madurado, al fin.
-¿Y qué quiere decir todo eso?
-Quiere decir -giró su cuerpo hacia mí -, que has asimilado un gran paquete de conocimientos, que han derivado en una nueva ontogenia, tan notoria, que ha trascendido de lo ideal y se ha convertido en amigos que nos ayudarán con nuestros problemas, ahora también suyos. Deberíamos brindar, Mil Mentes. Misión cumplida.
-Yo soy partidaria del número pequeño -Luchadora movía la cabeza de lado a lado mientras cerraba los ojos y apretaba ligeramente los labios -. A más soldados, peor organización.
-No si se mantienen las estructuras -discutía -, y cada una de ellas tiene más mentes haciendo lo mismo. Es el doble, o triple, de efectividad por estructura.

A pesar de todo, no me sentía a gusto. No sentía que tuviera el control, y acostumbrado a tener pocas facetas que me ayudasen, me sentía agobiado, y dudaba de mis capacidades. En aquel edificio, y alrededores, todo eran señales de entes diferentes comunicándome cómo se sentían y qué les sucedía... Me agobiaba, pero era fuerte, y podría con ello. Les dije que me siguieran. Les dije a todos que me siguieran, en un comunicado mental masivo que les calló al instante y les giró para poder verme mientras bajaba las escaleras. Me sentía acosado, y demasiado observado.
Caminé lo más tranquilo que pude, saliendo de la entrada principal, ordenando a una mente que se apartase de la mesa de piedra junto al palacio, con energía alzándola y moviéndola sin esfuerzo hacia un lugar más próximo a la playa. Y allí me subí mientras una miríada de cuerpos rodeaban la mesa en múltiples filas. Cogí aire.

-¿Me equivoco si sois vosotros, todos y cada uno, mentes mías?

Solo el rumor de las olas acompañaba sus rostros callados y atentos.

-Sois muchas. ¿Qué representáis?
-La dulzura -dijo la primera.
-La ciencia -dijo un viejo con tripa.
-El relativismo.
-La depresión.

Comunismo, sexualidad, despiste, arte, asesinato, altruismo, egocentrismo, muchos se presentaron y todos a su turno, hasta que les corté. No era comunista, ni asesino. Quizá tuviera en los genes algo de ambos. Pero toda la personalidad era por el entorno. Pero creía en la biología. Y en la ciencia, pero la criticaba en defensa de la filosofía, y me gustaba el rojo pero preferiría que no me gustase al mismo tiempo. Dorado y negro, decía en bachillerato, y entonces no hubiera sabido decir cual, tenía miedo a muchas cosas y a ninguna, me gustaba mucho y nada, era fuerte pero me sentía presionado, triste y contento, espartano y llorica. Era maravilloso y a la vez, un tedio. Amaba y odiaba, la ética impedía que odiase y la sexualidad criticaba el amor. Era todo tierno, y a la vez sombrío. Era cierto, y a la vez tan irreal...

-No estoy acostumbrado a tanta gente. Demasiadas señales, demasiada atención repartida. Ni siquiera sé qué deciros ahora. Si es cierto que estáis a mi disposición, no lo sé, porque estoy muy confundido. Si es verdad que he madurado, decidme por favor que me acostumbr...
-Lo harás -un joven sonreía desde la segunda fila frente a mí, Optimismo -. Estamos para ayudarte, y eso haremos. Pronto, seremos tan fuertes que los filósofos famosos se pondrán en evidencia con nuestra crítica. Y tantos, que ni Sever podrá contenernos.

Eso era verdad. Sever era uno, nosotros muchos más.

-¡Confía en nosotros, Mil Mentes! ¡Junto a nosotros, seremos imparables!

Un hombre alto de piel cobriza y brillante, con la cabeza tapada por una capucha de tela pesada iba a hablar, pero se calló. Una mujer rubia desde la última fila se arreglaba las uñas mientras sonreía. Eran muchos y ninguno al mismo tiempo, pero los ningunos callaban. Era todo un caos, pero confundido solo me valía una certeza, y solo una frase lograría animarme.

-¡Que grite todo aquel que quiera destruir a Sever!

Un rugido, seco y corto hizo temblar la propia piedra.

-¡Gritad más fuerte! -ellos respondieron -. ¿Qué vais a hacer?
-¡Hacernos fuertes! ¡Destruir a Sever! ¡Por Mil Mentes! ¡Por Mil Mentes!

Era una locura, pero tenía el libro de Freud en mis manos, y aquello me empezaba a gustar.

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